lunes, 30 de agosto de 2010


La autoestopista



Dos coches circulan por dos caminos paralelos. Entre los dos caminos, una chica hace autostop. Espera que alguien le lleve a su destino de vacaciones en el mar. Está cansada de llevar la mochila pegada ahí atrás y hace demasiado calor en el mes de agosto, así que alarga el dedo a ver si hay suerte. Milagrosamente (o no), los dos coches se detienen y le ofrecen continuar su viaje en el asiento del copiloto.

La autoestopista, antes de tomar una decisión, se lo piensa. Pero rápido; pues los dos coches no van a estar esperándola durante todas las vacaciones. Al margen de los motivos estéticos, como son el aspecto de los conductores o la robustez de sus vehículos; al margen, también, de la confianza que le induzca cada uno de ellos, la chica piensa en otros motivos. Suponemos, por tanto, igualdad de estética, robustez y confianza. Éste sería el cuadro mental de la chica:

Por un lado, tenemos que uno de los coches va por una carretera estatal. El firme de la vía es peor, ciertamente, hay más baches, más curvas…, pero es “gratis”. La otra carretera, sin embargo, tiene un mejor trazado: el viaje es más rápido y cómodo. La única pega es que no es gratis. Tendrá que compartir con el conductor una parte del peaje de la autopista.

Hasta aquí, la decisión de la chica autoestopista dependerá del dinero que lleve encima y de la disposición o no a afrontar un viaje más o menos cómodo. Un viaje en clase A o en clase B. Pero si la clase B posee una calidad aceptable y encima es “gratis”, pues adelante, coche B, ábreme la puerta que allá voy. El conductor del coche A, con dos palmos de narices, tendrá que afrontar sólo el peaje de la autopista…

El conductor A saca el ticket y piensa en cuáles pudieron ser las razones por las que la chica no subió a su coche. Al margen de los motivos estéticos y de confianza, sin duda fue determinante que la chica fuera joven y extranjera. Probablemente eso la indujo a tomar la anterior decisión. Si no hubiera sido extranjera, hubiera tenido en cuenta que la carretera estatal no era gratis, sino que había sido financiada con el dinero de sus impuestos. Bien es cierto que lo público y lo privado no parten en igualdad de condiciones. No existe una desgravación fiscal por el uso de lo privado, que evite, de esta forma, que se tenga que pagar dos veces por su uso, la primera vez en forma de impuestos, la segunda, en forma de peaje. No existe tampoco la posibilidad de que los impuestos sean voluntarios: carretera A o carretera B, impuestos o peaje.

Junto a este primer motivo, está el de la juventud de la chica. El ser joven implica una perspectiva distinta de la vida. Aún no se ha llegado al cambio de rasante del camino vital; no se avista el más allá, las vacaciones no ya en el mar sino en el cielo. Si no hubiera sido joven tal vez hubiera tenido en cuenta que los accidentes de carretera no se deben sólo a la mayor o menor velocidad con la que los vehículos circulan, como dice en la tele el barbas, el director de tráfico, sino a que la carretera sea pública o privada. Así de simple. Si la carretera es pública estará hecha de aquélla manera… Si es privada, la vía será más amplia y estará mejor trazada, el viaje será más rápido y cómodo para que el potencial cliente visualice las ventajas que su uso le supondrán, y esté dispuesto a pagar un precio por ello. Entre estas ventajas está la menor probabilidad de accidentes: Sólo el 7% de los accidentes se producen en las autopistas; en las autovías públicas es donde se sitúan el 34% de los puntos negros (tres o más accidentes mortales en un mismo año), mientras que en las autopistas sólo se sitúan el 0,4% de los puntos negros. Claro. ¿Cómo podría una empresa privada soportar la publicidad negativa y negra de tener sumideros mortales en su recorrido? Imposible. El asunto sería incluso denunciable. En cambio, si esta situación se produce en las vías públicas, la cosa parece perfectamente asumible por la población.

Pero en nuestro caso parece que la chica era joven e inconsciente. Ella verá con quién se monta…

El conductor A piensa en estos motivos, mientras se consuela rascándose un grano tremendo en su nariz.