jueves, 16 de septiembre de 2010


El narco-estado mexicano



Los señores de la guerra, ricos intermediarios en la ruta de la coca, se acaudillan en sus feudos de Ciudad Juárez. Se dice que ya han empezado a cobrar tributo a sus habitantes. Sin duda se están acomodando. Parece que asistimos a un momento histórico, al nacimiento del estado, donde el robo (cobro de tributos a los ciudadanos) es cosa legal. Los ciudadanos pagan mansamente por unos servicios que se suponen y a los que se obliga a consumir. Los señores de la guerra mexicanos protegen a sus habitantes de las bandas rivales. Los estados, los protegen de los países rivales o de los vecinos criminales. Ambos, el estado y el narco-estado, son igualmente coactivos, pues no liberan a sus ciudadanos del consumo forzoso del servicio de defensa; ni éstos no pueden contratarlo con quien estimen más conveniente. De quien tiene el monopolio de la violencia, obviamente, no puede esperarse un comportamiento caritativo. Quien se resista al pago de tributos tiene un destino fundido en negro: uno fundido, intenso y mortal en el caso de los narco-estados; y una temporada en la cárcel en el caso de los súbditos que se resistan al robo (a pagar impuestos), en el caso de los estados.


¿En qué se diferencian los narco-estados de los estados? Los primeros estados de la historia cultivaban cereales y comerciaban con especias… Los narco-estados, sin embargo, comercian con drogas y no cultivan nada. Creen más en el comercio y menos en la agricultura. Son más modernos, en ese sentido. Aunque dentro de los narco-estados también hay variantes. Están los casos de Afganistán, Marruecos o Bolivia que también creen en la agricultura. Controlan el primer eslabón de la cadena del río blanco de la droga. En México se controla el último, que por lo visto es el que renta un mayor valor añadido.


En Ciudad Juárez se amontonan los cadáveres fruto de una guerra fundacional. Cuando las bandas rivales lleguen a la conclusión de que una guerra es demasiado cara, llegarán a algún tipo de acuerdo o colusión entre monopolistas. Se repartirán el mercado. Así debió ser en los tiempos en que surgían los caudillos y consolidaban su monopolio territorial de la violencia. Poco importa que la sucesión en el puesto de caudillaje, a lo largo de la historia, fuera primero genética y luego democrática. Poco importa que Benito Juárez asesinara al emperador Maximiliano para facilitar esa transición en el caso mexicano; y que sentara las bases de una revolución digamos que horizontalista. Tras la revolución, o el amago de democracia, seguía estando ahí el mismo monopolio territorial de la violencia, el mismo estado, así como los lógicos y subsiguientes robos legales. Por cierto, en honor a Benito Juárez, un anarquista italiano llamó Benito a su hijo. El hijo, apellidado Mussolini, llegaría a Duce, conquistaría Albania y Etiopía, y terminaría en la horca.


Los señores de la guerra del norte de México encalan sus paredes de polvo blanco. Los inmigrantes ponen la espalda mojada y la mano de obra para mover la mercancía. Son los transportistas del negocio, los camellos o camelleros que atraviesan el desierto de Sonora, deslumbrados por los destellos de los edificios acristalados de Phoenix o Los Ángeles. Es curioso que cuanto más se ha reforzado la frontera de Río Grande para el control de la inmigración, con mayor ímpetu ha resurgido el negocio de la droga. Es como si el gran río de la coca que viene de Sudamérica hubiera encontrado un contrafuerte en la frontera USA, y allí estuviera acumulando aguas, engordando el valor de la mercancía, generando un negocio inacabable a su alrededor. La ilegalización de un mercado tiene estas cosas evidentes: sube el valor de la mercancía prohibida. Tal vez se piense que de esta forma se desincentiva su consumo. Pero el incentivo a consumir drogas está menos en el precio que en el resorte moral que cada uno llevamos dentro. Las tentaciones existen, como existe la moral que nos guía para evitarlas o apartarnos de ellas a tiempo.


Es posible que en la frontera de Río Grande surja la República Narcótica de México. Un país narcotizado e independiente que fluya hacia el paraíso artificial de su futuro. Un país blanco, calcinado, heredero de la antigua República Nostálgica de México.



Publicado en The Americano