domingo, 26 de septiembre de 2010


La privatización de la guerra de Afganistán



Cumplido el principal objetivo militar, como fue el derrocamiento del régimen terrorista de los talibanes, la presencia de las tropas norteamericanas en Afganistán se ha puesto en entredicho. La consolidación de un régimen como el de Karzai, donde los burkas y el opio florecen por doquier, presenta dudas morales e incertidumbres sobre el plazo necesario para llevarlo a cabo. La dudosa tarea puede alcanzar décadas, así como un número de muertos inasumible para Occidente. Los soldados están para la defensa frente a la agresión, o ante la amenaza de agresión. En el sentido estrictamente militar parece que la misión habría concluido.
Luego está el objetivo ambicioso de reconstruir estados fallidos, un objetivo que a menudo se avizora tras las ruinas de una guerra. La tarea de building states, como dice Fukuyama, se ha intentado en no menos de ocho ocasiones a lo largo de la historia reciente de los USA. En Alemania y Japón se concluyó exitosamente, tras la Segunda Guerra Mundial; en Somalia y Haití fracasó con estrépito; en Bosnia y Kosovo los resultados fueron ambivalentes; y en Iraq y Afganistán la cosa está demasiado reciente aún para valorar los resultados. En todo caso, como es lógico, parece que la reconstrucción ha funcionado mejor allí donde había sólidas ruinas sobre las que reconstruir; y ha fracasado donde no había más que ruinas sobre ruinas acumuladas a lo largo de una historia ruinosa. Definitivamente, la evidencia de Afganistán se parece más a la de Somalia que a la de Japón.
En Asia hay una extensa área geográfica conocida como Zomia. Este espacio, geográfico más que político, incluye las tierras altas de Vietnam, Laos, Camboya, Birmania, Tailandia, las zonas fronterizas de China (Yunan), de la India (Assam), así como Bhután, Nepal, el Tíbet y Afganistán. Los habitantes de estas zonas tienen en común el vivir en áreas montañosas, históricamente inaccesibles a la civilización. La no existencia de estados ha sido común a todos ellas. James C. Scott, en su libro "The Art of not being governed" afirma incluso que estas áreas han sido pobladas por gentes que huyeron de los estados. Huían de los tributos y del enrolamiento forzoso en ejércitos ajenos. No serían, pues, estados modernamente fallidos, sino áreas históricamente antiestado. Y Afganistán es una de estas áreas.
Aprovechando esta tradición anárquica, cabe preguntarse si no sería más sencillo, antes que intentar la creación de un estado ex-novo, surgido de la nada y el silencio históricos, aprovechar estas reticencias frente al estado para solventar los problemas de forma diferente. Más que empeñarse en levantar estados fallidos, tal vez bastase con liberar las fuerzas de la iniciativa privada para reconvertir el fracaso del presente en un futuro de mayor paz y prosperidad.
Consideremos la guerra como lo opuesto al comercio. Hay guerras motivadas ideológicamente, es cierto, como en el caso del nazismo o el islam, así como la guerra interna (lucha de clases) que pretendía desatar el comunismo a través de la revolución. Estuvieron las guerras napoleónicas, que pasaron de tomar la Bastilla a tomar Europa entera. En todas ellas, al final, había unos dirigentes gubernamentales que se repartían el botín. Y el resto se dedicaba a pelear con el cerebro bien lavado. El factor ideológico parece que consiste siempre en una especie de subversión de la lógica económica: el traslado de la preferencia temporal que tiene el individuo por el presente, el sacrificio del hoy por un mañana hipotético y mejor. Pero mientras unos se dedican al sacrificio, otros se dedican al botín, naturalmente. La guerra se opone al comercio porque en lugar de comprarle al vecino unos artículos determinados, se los quitamos de las manos, directamente. Pero la guerra tiene unas externalidades devastadoras, lo que hace que visto el panorama en conjunto todos pierdan. En conjunto pierden; pero a los que les va bien les sigue yendo muy bien, cada vez mejor, así que éstos no tienen ningún incentivo en cambiar la lógica de la guerra. Y son los que tienen el poder. Sólo queda, pues, la esperanza de un gobernante bondadoso, lo que históricamente se traduce en escasos paréntesis de paz.
¿Qué ocurre, mientras tanto, con los que están destinados a combatir en la primera fila de la batalla? El incentivo para rebelarse ante su situación es grande, sí, pero si les sale mal la revuelta, ellos reciben todo el coste del castigo; si sale bien, en cambio, el beneficio en forma de paz se reparte entre todos. Es decir, que sólo cabrían aquí los comportamientos heroicos. Igualmente escasos y poco duraderos.
¿Cómo subvertir la lógica de la guerra, más allá de la escasa esperanza en el surgimiento de gobernantes bondadosos o guerreros justos y heroicos? ¿Y si las guerras las llevasen a cabo las empresas privadas, buscadoras de beneficios a través del comercio, vendiendo un bien llamado seguridad? Funcionarían como agencias contratadas por la población civil que quisiera sentirse defendida frente a la agresión. Quien no contratase el seguro no sería defendido --ahora nunca son defendidos--, actuando éste como un importante incentivo para la contratación del seguro y la consiguiente expansión del mercado de seguridad. Las primas estarían en función del riesgo de agresión o muerte, muy elevado ahora, es cierto. Las empresas privadas serían un agente activo en la búsqueda de la paz, pues de esta forma pagarían menos indemnizaciones y las primas contratadas serían más bajas (habría más gente dispuesta a pagarlas; mayor expansión del mercado todavía). Quien no pudiera pagar las primas del seguro tal vez tendría acceso a la ayuda en forma de cooperación voluntaria que la gente de Occidente quisiera prestarles; de forma directa y voluntaria, no a través de estados coactivos y corruptos. Las empresas que no fueran lo suficientemente activas en la investigación y persecución del responsable del delito (de la agresión, del crimen, del atentado, del asedio a una población, etc.) no serían estimadas por los clientes potenciales, arriesgándose a perder cuota de mercado. Los crímenes cometidos en común por una banda armada serían sufragados solidariamente entre todos los criminales. Las víctimas inocentes de un bombardeo tendrían derecho a ser indemnizadas (según estipulase el contrato de seguro). Las compañías acordarían acudir a tribunales de arbitraje para dilucidar los posibles conflictos que surgieran entre ellas. Los tribunales serían diversos, compitiendo entre sí para ganarse una justa fama de respetabilidad. Los tribunales más justos serían escogidos por las compañías privadas. En fin, se pondría en marcha lo que David Friedman denomina la maquinaria de la libertad


Publicado en The Americano