sábado, 9 de octubre de 2010


Los nuevos conquistadores















En los años sesenta la izquierda USA hablaba de conquistar una nueva frontera. Lyndon B. Johnson inició un ambicioso programa para luchar contra la pobreza en su país: Medicaid, bonos alimenticios, subvenciones a madres solteras, cuotas raciales en universidades, seguridades sociales, ejércitos de burócratas inútiles que recorrían los guettos buscando ayudar al prójimo con dinero ajeno. Pero, ¿cuál fue el resultado? Más pobreza. Mientras el resto del país prosperaba en rascacielos cada vez más luminosos, los guettos se hundían en una espiral de drogadicción, violencia y desempleo crecientes. La nueva frontera no había sido conquistada, sino que la civilización había retrocedido. Islas de incivilidad surgían en el interior de las ciudades.
En América Latina, la escuela del estructuralismo económico pensaba que los gobiernos debían ser agentes activos del desarrollo. Estos marxistas tropicales creían que sin la acción benefactora del estado ningún bienestar podría alcanzar a la población del low end, los estratos inferiores de la sociedad. Se hablaba de “los menos favorecidos”, como si la prosperidad dependiera de una cadena de favores. Querían un mercantilismo izquierdista. Pero los estructuralistas partían de un error: en los años cincuenta y sesenta, América Latina no pertenecía en absoluto a las zonas más pobres del planeta. No era África, ni las entonces depauperadas China o India, no era la Unión Soviética. Por el contrario, Chile tenía una tradición democrática que se remontaba al siglo XIX, Cuba alcanzaba una renta per cápita similar a la italiana y el doble de la española, Argentina y Venezuela eran lugares que aún atraían a inmigrantes europeos. Pero los estructuralistas también tenían el sueño de la nueva frontera. Y pusieron su zarpa preferente en Brasil. Mientras los soviéticos buscaban la acción directa en Cuba, la indirecta en el Chile de Allende, o armaban las revoluciones centroamericanas, los estructuralistas se concentraron en la demolición de las esperanzas de Brasil, un país que transmitía potencial, pero que nunca llegaba a alcanzarlo. Y no lo alcanzaba, precisamente, por la acción interventora de su gobierno. En Brasil se obtuvo el mismo resultado que en los guettos norteamericanos: más violencia y más pobreza. Los nuevos conquistadores, de nuevo, hicieron retroceder la frontera de la civilización en el sur del continente. Eran como el conquistador Pizarro, pero al revés. Su lucha favorecía el retorno del comunismo inca, o los torrentes de sangre aztecas. América se deslizaba hacia un pasado precapitalista. Hugo Chávez sería la moderna y caricaturesca reencarnación de ese pasado.
A los nuevos conquistadores de la izquierda les falla el soporte teórico. Hablan de las conquistas sociales creyendo que la mejora en el nivel de vida de “la clase trabajadora” se debe a la acción coordinada de sindicatos y gobiernos. Si ahora, en Occidente, se disfruta de semanas laborales más cortas, de sueldos mayores y de vacaciones pagadas, se debe a los años sangrientos y sacrificiales de la “lucha obrera”. Los sindicatos habrían tenido un comportamiento altruista y benefactor para el conjunto de la sociedad. Pero lo cierto es que la acción sindical ha sido devastadora: las legislaciones sobre salarios mínimos ha expulsado a los segmentos de población menos productivos hacia el desempleo. En Norteamérica, el sindicalismo ha alcanzado su apogeo en la industria automovilística de Detroit. Y el resultado es que Detroit va camino de convertirse en una ciudad fantasma, con barrios a punto de la demolición y un desempleo en torno al 20%. Los sindicatos han dejado como un solar la General Motors (GM), llamada ahora, tras el rescate del gobierno de Obama, Government Motors.
Lo cierto es que las “conquistas sociales” han sido fruto de la productividad creciente de los empleos creados en empresas privadas. El emprendedor o empresario ha sido el verdadero responsable de estas conquistas en el bienestar de la población. Si un empleado tiene vacaciones pagadas o una semana laboral reducida es porque su trabajo es lo suficientemente productivo para la empresa como para poder pagar ese sobresueldo en especie, digamos. Lo mismo con las cuotas pagadas a la Seguridad Social. El edificio de la Seguridad Social no se sostiene porque los sindicatos hayan conseguido doblegar a los malvados empresarios, obligándoles a pagar las cuotas a la Seguridad Social, que en España, por ejemplo, son un 30% del sueldo del trabajador. Esas cuotas sociales, de nuevo, las paga el trabajador con su productividad. Sólo que no las cobra. Van a parar a burócratas situados en organismos de planificación estatal, que las devuelven, sólo parcialmente, tras descontar sus sueldos, en servicios de ínfima y decreciente calidad, en pensiones menguantes sujetas al mercadeo político, etc.
Y ahora los sindicatos, bravos conquistadores sociales, preparan huelgas en Francia o España contra los empresarios, responsabilizándolos de los despidos y de las crisis. Cuando el desempleo es causado por la legislación sindical; y la intervención del gobierno, a través de bancos centrales acuñadores de cheap money, ha sido la causa de la crisis. 

Publicado en The Americano