
A lo largo de los circunloquios callejeros de Londonistán, un conductor de autobús con pantuflas y pintas paquistaníes se produce con prisas sobre el asfalto. Conduce que se las pela; parece merendarse el autobús de dos pisos.
Entre el jaleo del tráfico asciende un murmullo frenético, un aullido de perro será.
--Se veía venir... Ya lo hemos atropellado...
--Eso no es un aullido de perro, sino el lamento del muecín...
--
Pardon me... Es la llamada del muecín a la oración, extraída de un radiocassette que el conductor del autobús lleva adosado al salpicadero del vehículo. El conductor maniobra y dispone el autobús de cara a la Meca... Saca una alfombrilla de ducha y se repliega sobre ella como un reptil, como duchándose en seco contra la pelusa azulona del trapito.
Los pasajeros quedan anonadados, expectantes, a la espera de un rezo bomba que no se produce.
--Oye, que esto no suena...
--¿Será una bomba silenciosa...?
--¿Mande?
Escucha y verás, pasajero inquieto, indiferente a la multicultaridad que te rodea. Escucha el imperio de los sentidos que comienza a ser recitado en árabe, como un lamento de gozo sobre una alfombra dorada. El misterio de las mil y una noches a las cuatro de la tarde, en pleno
afternoon londinense. Los versículos explosivos, sin embargo, no hacían explosión. Fueron cinco minutos eternos, tal vez precursores del paraíso.
Sin embargo, el paraíso puede esperar.
Así que el saladino del volante, indiferente y cumplidor, pliega la alfombrilla, cierra los versículos coránicos, se sube los pantalones, se suena los mocos, se sienta, sobre todo se sienta, pone la primera velocidad y arranca el vehículo, que parece dilatado por la espera.
El autobús petardea al salir, pues lleva una civilización renqueante en sus entrañas.